Las calles están abarrotadas de gente presa del pánico, que mira a derecha e izquierda, que oculta las tijeras, que succiona el veneno de una herida que no logra encontrar, que calcula la hora por la posición del sol en el cielo cuando el propio sol se ha fundido y se desliza en hilillos de los arrecifes de tinieblas hacia los cauces de mares evaporado