Doctor Zhivago, Boris Pasternak
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Boris Pasternak

Doctor Zhivago

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meretalexadraeyerciteerde uit4 jaar geleden
CHAPTER NINE
Varykino
In the winter, when Yurii Andreievich had more time, he began a notebook. He wrote: "How often, last summer, I felt like saying with Tiutchev:
'What a summer, what a summer!
This is magic indeed.
And how, I ask you, did it come
Just like that, out of the blue?'
What happiness, to work from dawn to dusk for your family and for yourself, to build a roof over
meretalexadraeyer
meretalexadraeyerciteerde uit4 jaar geleden
It was more than a year since Yurii Andreievich had been taken prisoner by the partisans. The limits of his freedom were very ill defined. The place of his captivity was not surrounded by walls; he was not under guard, and no one watched his movements. The partisan force was constantly on the move, and Yurii Andreievich moved with it. It did not remain apart from the local population through whose lands and settlements it passed; it
Евгения Десятова
Евгения Десятоваciteerde uit3 maanden geleden
He could remember a time in his early childhood when a large number of things were still known by his family name. There was a Zhivago factory, a Zhivago bank, Zhivago buildings, a Zhivago necktie pin, even a Zhivago cake which was a kind of baba au rhum, and at one time if you said "Zhivago" to your sleigh driver in Moscow, it was as if you had said: "Take me to Timbuctoo!" and he carried you off to a fairy-tale kingdom. You would find yourself transported to a vast, quiet park. Crows settled on the heavy branches of firs, scattering the hoarfrost; their cawing echoed and reechoed like crackling wood. Pure-bred dogs came running across the road out of the clearing from the recently constructed house. Farther on, lights appeared in the gathering dusk.

And then suddenly all that was gone. They were poor.

One day in the summer of 1903, Yura was driving across fields in a two-horse open carriage with his Uncle Nikolai. They were on their way to see Ivan Ivanovich Voskoboinikov, a teacher and author of popular textbooks, who lived at Duplyanka, the estate of Kologrivov, a silk manufacturer, and a great patron of the arts.

It was the Feast of the Virgin of Kazan. The harvest was in full swing but, whether because of the feast or because of the midday break, there was not a soul in sight. The half-reaped fields under the glaring sun looked like the half-shorn heads of convicts. Birds were circling overhead. In the hot stillness the heavy-eared wheat stood straight. Neat sheaves rose above the stubble in the distance; if you stared at them long enough they seemed to move, walking along on the horizon like land surveyors taking notes.
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lebilove014citeerde uit3 maanden geleden
—Sí.
—Yevgraf se cuidará de ella —y después de una pausa, añadió—: así ha ocurrido muchas veces en la historia. Lo que fue concebido de un modo noble y con altura de miras, se convirtió después en tosca materia. Así Grecia se transformó en Roma, así el iluminismo ruso se convirtió en la revolución rusa. Recordemos lo que dice Blok: «Nosotros, los hijos de los años terribles de Rusia», y enseguida verás lo que separa su época de la nuestra. Cuando Blok decía esto había que entenderlo en sentido metafórico, figurado. Los hijos no eran hijos, sino criaturas, productos, int
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Aquí, Antípov, mi pobre marido que ha sido fusilado, cuando era estudiante, ocupaba precisamente esta vivienda. Quise verla. Era posible que viviesen aún los viejos dueños de la casa. Que de ellos no se ha sabido nada más y que todo había cambiado, lo supe luego, al día siguiente, y hoy, haciendo algunas preguntas. Pero ¿por qué contárselo, si también usted estaba presente? Me quedé paralizada: la puerta de entrada abierta de par en par, la habitación llena de gente, un ataúd y en el ataúd un cadáver. ¿Quién era? Entré, me acerqué y creí que me había vuelto loca, que soñaba. Pero usted ha sido testigo de todo esto ¿verdad? ¿Por qué se lo cuento?
—Espere, Larisa Fiódorovna. He de interrumpirla. Ya le he dicho que ni yo ni mi hermano sospechábamos ni remotamente la extraña historia de esta casa, que, por ejemplo, vivió en ella Antípov en otra época. Pero más que nada me extrañó una palabra que pronunció usted inadvertidamente. Le diré cuál y discúlpeme. De Antípov, de Striélnikov, de la actividad militar y revolucionaria, durante mucho tiempo, al principio de la guerra civil, oí hablar y con mucha frecuencia, casi cada día, y dos o tres veces lo vi personalmente, sin prever cuán cerca estaba el día en que, por m evos miliares, había de interesarme tanto. Discúlpeme. Puedo haber oído mal, pero me ha parecido que usted había dicho «mi marido que ha sido fusilado». Es un error. ¿No sabe usted que se mató?—Lo oí decir, pero no lo creo. Pável Pávlovich no era hombre para matarse.
—Pues es la verdad. Antípov se mató en la misma casa de la que, según lo que me contó mi hermano, partió usted para Yuriatin en dirección a Vladivostok. Sucedió poco después de su partida. Mi hermano recogió su cadáver y lo sepultó. ¿Es posible que no tenga usted conocimiento de esto?
—No. Tenía otras informaciones. Entonces, ¿es verdad? Muchos me lo dijeron, pero no quería creerlo. ¡Precisamente en aquella casa! ¡Es increíble! ¡Qué extraordinario es lo que usted me ha dicho! Perdóneme, ¿sabe usted si él y Zhivago se encontraron? ¿Sabe si se hablaron?
—Según lo que me dijo el pobre Yuri, tuvieron una larga conversación.
—¿De veras? Gracias, Dios mío. Es mejor así —lentamente se santiguó—. ¡Qué
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La gente comenzó a vocear, discutir y dar consejos. Algunas personas descendieron de la plataforma y rodearon al caído. Poco después alguien dijo que no respiraba y que su corazón había dejado de latir. Los transeúntes que pasaban por allí se acercaron al grupo que rodeaba el cuerpo, algunos tranquilizados, otros decepcionados por el hecho de que no se tratase de un atropello y que el tranvía no tuviera nada que ver con el accidente. La multitud aumentó. La señora del traje color lila se abrió paso, se detuvo, contempló al muerto y escuchó lo que decía la gente. Luego prosiguió su camino. Era una extranjera, pero comprendió que alguien aconsejaba que trasladaran el cuerpo al tranvía y lo llevasen al hospital. Otros que se llamara a la policía. Siguió su camino sin esperar la decisión última.
Era mademoiselle Fleury, de Meliuziéev, ciudadana suiza, ya muy vieja. Hacía veinte años que había pedido autorización para abandonar Rusia y regresar a su país, pero su petición no fue atendida hasta pocos días antes. Había ido a Moscú para obtener el visado de salida y aquel día se disponía a retirarlo de su consulado, y se abanicaba con su documentación envuelta en un papel y atada con una cinta. Continuó su camino y por enésima vez dejó atrás el tranvía, sin imaginarse ni remotamente que allí quedaba el doctor Zhivago y que lo había sobrevivido.
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uedo anunciarte otra buena noticia. He recibido nuevas cartas de París. Los niños se han hecho mayores, se sienten perfectamente bien entre sus compañeros franceses
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decían entonces, la «techumbre espiritual de la época», pero ocultaba estos pensamientos a sus amigos para no discutir con ellos.
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Las palabras bien intencionadas de Dúdorov figuraban en el espíritu de la época. Pero el carácter, la evidencia de su hipocresía era precisamente lo que sacaba de quicio a Yuri Andriéevich. El hombre que no es libre idealiza siempre su propia esclavitud. Así ocurrió en la Edad Media y sobre esto han continuado especulando los jesuitas. Yuri Andriéevich no podía soportar el misticismo político de los intelectuales soviéticos, lo que para ellos significaba la suprema conquista o, como
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Durante mucho tiempo él y Vasia fueron amigos y vivieron juntos. Cambiando constantemente de habitación, abandonando uno tras otro sus refugios destruidos a medias, inhabitables o poco confortables por diversas causas.
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«Adiós, Lara, hasta que nos veamos en el más allá, amor mío, adiós, eterna alegría mía, infinita, inextinguible —ya había desaparecido—. No te veré más, nunca más, nunca más en la vida, no te veré nunca más
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Ya no es posible aplazar nuestra decisión. Este es el mejor momento para marcharnos: mañana por la mañana. Pero será mejor que Víktor Ippolítovich acabe de explicarse.
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algún lugar apartado. Por ejemplo, irnos a Varkino
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Llegó el verano y pasó inadvertido. El doctor se curó. Provisionalmente en espera de una posible partida a Moscú, prestó servicio en tres lugares. La rápida desvalorización del dinero le obligó a procurarse varios empleos.
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Y él, imbécil, ¡cuántas veces había recordado aquella casa, cuántas la había echado de menos! Había entrado en aquella alcoba, no como si entrara en una habitación, sino como si entrase en su nostalgia de Lara. Vista con otros ojos, tenía que ser ridícula, ciertamente, aquella manera de sentir. ¿Acaso viven, se comportan y expresan de este modo los hombres fuertes y seguros de sí, como Samdeviátov, los verdaderos hombres? ¿Por qué Lara había tenido que preferir su falta de carácter y el absurdo y oscuro lenguaje de su adoración? ¿Le era realmente necesaria la inseguridad de él? ¿Tenía ella realmente la necesidad de ser lo que era para él?
Pero ¿qué era Lara para él? Para esta pregunta siempre tenía preparada la respuesta.
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Los conspiradores estaban poniéndose de acuerdo con algunos mensajeros enviados por las patrullas de reconocimiento del enemigo. Las voces de estos últimos apenas se oían, tan susurrantes eran, y Yuri Andriéevich adivinaba cuando hablaban porque cesaba el murmullo de los otros
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Yuri Andriéevich despojó de su uniforme al telefonista muerto y, con la ayuda de Angueliar, a quien puso al corriente de lo que se proponía, vistió al joven sin conocimiento.
Los dos cuidaron de reanimar al muchacho, y cuando éste se repuso lo dejaron en libertad, aunque no ocultó a sus salvadores que volvería a las filas de Kolchak y continuaría combatiendo contra los rojos.
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Larisa Fiódorovna no quiso amargarlo con penosas escenas. Comprendía sobradamente lo que sufría y por esto trataba de echucar su decisión con la mayor calma posible
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En casa, entre sus familiares, se sentía como un delincuente que todavía no ha sido descubierto. El hecho de que ellos no supieran nada y las manifestaciones de su acostumbrada afectuosidad, lo atormentaban. Durante una conversación recordaba de pronto su culpa y parecía volverse de piedra, sintiéndose incapaz de escuchar ni comprender lo que decían.
Si ocurría eso cuando se sentaba a la mesa, no conseguía tragar un bocado, dejaba la cuchara y retiraba el plato. Las lágrimas lo ahogaban.
—¿Qué tienes?—le preguntaba Tonia, asombrada—. Seguro que en la ciudad te han dado una mala noticia. ¿Una detención? ¿Han fusilado a alguien? Dímelo, no temas preocuparme. Te sentirás mejor.
¿Había traicionado a Tonia? ¿Había preferido a otra mujer? No, no hizo elección alguna, ni estableció comparaciones. La idea del «amor libre», expresiones como «los derechos y exigencias del sentimiento», eran extrañas para él. Le parecía indigno hablar y pensar de esta manera. En su vida no había recogido «las flores del placer», no se había considerado ni superhombre ni semidiós, ni pedido privilegios ni ventajas, y sentíase agotado bajo el peso de la conciencia inquieta.
«¿Qué va a pasar ahora?», se preguntaba a veces.
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en la parte que salía del libro podía leerse su dirección. Yuri Andriéevich tomó nota, y le sorprendió la rareza de su indicación: «Calle Kupiécheskaia, frente a la Casa de las estatuas».
Se informó inmediatamente y supo que la expresión «Casa de las estatuas» era tan corriente en Yuriatin como en Moscú la designación de los barrios por los nombres de las iglesias, o la designación de «las cinco esquinas» en Petersburgo.
Llamábase así una casa de color gris oscuro, adornada con cariátides y estatuas de las musas que llevaban en la mano instrumentos, máscaras y liras, una casa construida en el siglo pasado por un comerciante aficionado al teatro, que quiso hacer allí su teatro privado.
Había sido vendida por sus herederos al gremio de comerciantes, que daba el nombre a la calle en la que la casa ocupaba una esquina y toda la zona circundante. Ahora en la «Casa de las estatuas» tenía su sede el Comité Urbano del partido y, en el muro oblicuo de la parte baja, cortado por la inclinación de la calle, donde en otros tiempos se pegaban los carteles de teatro y circo, fijábanse los tableros con los decretos y resoluciones del Gobierno.
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