Las muertas no se marcharon. Aunque no podían abandonar el refugio de la selva, aunque les estaba vedado el terreno de los vivos, insistieron en permanecer entre los árboles mientras respiraban a tu lado, uno dos tres cuatro, puja, uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho, puja de nuevo. Todas iban a parir contigo, incluso Copita, recién llegada al reino de las muertas, que movía las manos para indicarte los períodos de inhalación y expiración.