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Roberto Santiago

El ladrón de mentiras

«Mi nombre es Fernando, acabo de cumplir diez años y soy un mentiroso». Esta confesión es el punto de partida de una obra apasionante donde el protagonista no sólo pone en peligro su amistad con Fátima, sino que se enfrenta a Gamboa, el temible grandulón del colegio.
El texto es reflexivo e interesante, tanto que nos lleva a plantearnos la interrogante de si lo importante es la verdad o la mentira, llegando a la conclusión de que lo que verdaderamente importa son las personas.
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60 afgedrukte pagina’s
Auteursrechteigenaar
Bookwire
Oorspronkelijke uitgave
2020
Jaar van uitgave
2020
Uitgeverij
Ediciones SM
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Impressies

  • Celeste Arriagadadeelde een impressie12 dagen geleden

    Me encantó

  • Wilmer Keiner Ruiz mendezdeelde een impressie6 maanden geleden
    👎Overslaan

    No me gusta que no dejen leer todo

  • vanesaromohdezdeelde een impressievorig jaar
    💧Tranentrekkend

    💕Ami me encanta leer libros y en especial los del barco de vapor y vi esta App y dije (ya voy a poder leer los libros que todavía no tengo ya iba en la página 9 y ahora ya no puedo porque tengo que pagar la suscripción

Citaten

  • Oscar Martinezciteerde uit17 dagen geleden
    MORCILLO dijo: “No jugás en equipo”.
  • Oscar Martinezciteerde uitvorige maand
    La mosca me agarró del pescuezo intentando consolarme.
  • Aida Ortiz R.citeerde uit9 maanden geleden
    Pues bien, después de decirme tantas veces que mentir era lo peor del mundo y que también era un pecado y todo eso, una mañana mi padre dijo una mentira.

    Fue un día que me llevó al colegio en su coche. Normalmente venía a recogerme el autobús de la ruta, pero ese día mi madre no estaba, y nos quedamos dormidos, y perdí el autobús. Yo tenía un examen de sociales a primera hora. Así que nos fuimos sin desayunar ni nada, corriendo a todo correr.

    Cuando llegamos al colegio ya habían empezado las clases, y el profesor de sociales, que además es el jefe de estudios, se puso delante de mi padre y dijo que yo no podía entrar hasta la hora siguiente. Le pedí por favor que me dejara hacer el examen, pero me respondió que eran las normas: el que llegaba tarde se quedaba en el pasillo hasta la hora siguiente.

    Miré a mi padre, que hasta ese momento se había quedado a mi lado sin decir nada. Los dos sabíamos que la culpa era suya, porque se le había olvidado poner el despertador. Mi padre abrió la boca, y ocurrió.

    Dijo una mentira gigantesca. Una de esas mentiras que yo pensaba que te condenaban directo al infierno.

    —Hemos tenido un accidente con el coche —le dijo al profesor—. Por eso hemos llegado tarde.

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